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La distinción entre maltrato físico o psicológico en casos de violencia de género o de acoso puede ser necesaria a nivel legal, pero desde el punto de vista de la psicoterapia no tiene tanto sentido, pues cuerpo y mente interaccionan afectándose mutuamente. Se tiende a considerar que el maltrato físico es más condenable que el maltrato psíquico; probablemente porque resulta más fácil de ver, probar y cuantificar que el maltrato psicológico; sin embargo, las secuelas de este último pueden resultar de igual o mayor gravedad que las estrictamente físicas.

El maltrato psicológico, si no se puede eludir cuanto antes, si es continuado o inescapable por ser el entorno habitual de la víctima (por ejemplo en el hogar, trabajo o colegio), va a producir unos efectos devastadores y en muchos casos un trauma; trauma significa herida, y no sólo se produce en aspectos psicológicos como la autoestima, el estado de ánimo (depresión, ansiedad…), la motivación… sino también en aspectos físicos, alterando el funcionamiento de algunos órganos o sistemas como el inmunológico, digestivo y cardiovascular.

Por otra parte, no todas las lesiones físicas serían denunciables o condenables desde el punto de vista moral. Imaginemos el caso hipotético de una relación en la que dos personas se aprecian y se respetan pero un día discuten y uno de los dos pierde el control, quizás empujando a la otra persona, produciéndole una lesión más o menos grave. No nos sorprendería que la víctima no lo denunciara si se trataba de una relación basada en el respeto y confianza, no había intencionalidad de hacer daño y la persona herida tenía la creencia o convicción de que no volvería a ocurrir.

Imaginemos ahora el caso, desgraciadamente frecuente, de una mujer insultada o humillada regularmente en público o en privado, o de un hombre en la misma situación (aunque por ahora, el maltrato doméstico de hombres contra mujeres es significativamente más elevado que a la inversa, algunos hombres son también maltratados). O pensemos en el ejemplo de un trabajador explotado o ninguneado por su jefe, o el de un estudiante acosado por sus compañeros. Todos ellos, por algún motivo, no pueden escapar de esa situación perjudicial; quizás por evitar un divorcio y sus consecuencias, por necesidades económicas, porque la víctima no puede cambiar de trabajo, colegio, etc. El maltrato va a ir minando la energía y la autoestima de las víctimas, dificultando cada vez más su capacidad de defensa, haciéndolas más y más vulnerables ante el maltratador o acosador. En muchos casos, el maltrato psicológico puede producir secuelas más graves, más extensas y duraderas que el maltrato físico.

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